Fulgencio Felgueiroso de los Malagatones, rico como un nabab y orgulloso como encumbrado mandril, de repente, en el postrer estadio de su vida, como si descubriera algo insólito, insólito e inaudito, echó de menos la proximidad de alguien.

El señor Felgueiroso es, sí, nabab, nacido de la nada, como le gustaba adornar su mentira, cuando aseguraba que toda su fortuna está levantada con su solo y exclusivo esfuerzo, por más que en los últimos tiempos, ya relativizando la vida que se le acaba, admita parte al menos de la indudable herencia recibida.

– Cierto es que conté con grandes y sustanciales medios en mis prolegómenos. Ellos, mis ascendientes, me facilitaron las inversiones necesarias y precisas que me han llevado, después, a nadar en la abundancia. Pero en todo este tiempo empleado en hacerme millonario me he olvidado que la vida es algo más, que por encima de las riquezas materiales están las espirituales y que nada de lo aquí atesorado vendrá con nosotros, nos lo llevaremos para la otra vida, si es que en verdad esta existe.

Añadía, como colofón la última frase, que era descreído de toda sutilidad que no le fuera palpable tal como las riquezas atesoradas. No obstante, al final de su existencia, que sin motivo aparente la creía próxima, decía:

– Tales afanes últimos me hicieron pasar de puntillas por la existencia, ignorando de ella lo más importante que ahora, sin tiempo ya, pues lo alumbro en mi interior por las luces que se apagan, los considero. Tales afanes son el amor, con todas y cada una de sus derivaciones, los hijos que no tuve al quedar soltero por no haber tenido tiempo para tales menesteres que no fueran espontáneos, los parientes a los que no trate y un largo, larguísimo etc.

Así, Fulgencio, ya viejo y achacoso buscó, si no el amor de mujer, sí ese otro que reconforta y calienta el corazón, el rescoldo último que amortigua la fatal caída. “El que se alcanza en la proximidad y el cariño de los seres que conforman la familia, hasta el momento, mea culpa, olvidados durante tantos años” venía a decir.

Y estos, los familiares, ¡ay, fatal destino! ricos y profusos, moviéndose en los mismos parámetros que el viejo Fulgencio, en idénticas abundancias, despreciaron su acercamiento y proximidad, y si no su dinero, sí la indulgencia que él demandaba.

El pobre viejo rico, a la vista de tamaño desprecio, que si bien estuvo exento de palabras malsonantes, tampoco se pronunciaron aquellas que se reservan para cualquier nimio compromiso, si estuvo lleno de sutiles maneras, que no de malos modos ni burlas hirientes, donde el desprecio estuvo en todo momento presente. Juró entonces vengarse, no encontrando mejor fórmula para llevar a cabo su juramento que la fortuna por él amasada y mal repartida. Buscó, dentro del ser humano, el lugar donde se enhuera el odio y allí plasmó el germen para su desagravio, por más que él, nunca lo viera.

De esta manera se lo comunicó al sorprendido notario cuando le daba cumplida cuenta de cómo habría de repartir su herencia entre los 17 sobrinos y cinco mujeres, dijo, cinco mujeres a las que amó en la sombra de su imaginación, por más que ellas no lo supieran nunca, sino en encuentros puntuales y esporádicos.

Fue el testamento hecho con tales intríngulis, explosivos retardados o bombas escondidas entre la soflama de enumeraciones sin cuento, que así las calificó el segundo del notario en un primer vistazo, envergaduras tales que lejos estaban de repartir equitativamente su herencia entre los 22 afortunados, dando a cada uno de sus sobrinos y las cinco allegadas, a cada uno de ellos, con nombre y apellidos la porción exacta a recibir, que lo hizo de tal manera que involucró nombres y apellidos, apodos y tejemanejes tales, tierras, dineros, negocios y cuentas corrientes que soliviantó a todos y cada uno de los beneficiarios que no afortunados.

Ejemplo último, una tierra comprada pocos meses antes de morir, grande, inmensa y de valor de ensueño, la repartió en porciones como si fuera un queso de gruyere, por más que las partes se mezclaban cuando no se dividían en parcelas, que aún siendo enormes se metían las unas en las otras como puzle de difícil solución.

Tales fueron los galimatías por él inventados que el mismo notario desistió de resolver tan intrincado laberinto, si es que de una vez, entre los herederos, no se ponían de acuerdo o al menos daban una tregua donde la paz se impusiera hasta el arreglo final.

La cobardía del notario no era sino prudencia y tal como se expresó, a la postre resultó ser, que si bien los primeros levantaron todos los falsos testimonios que se inventaron contra las cinco mujeres, al final, ellos mismos, los unos a los otros, se tachaban igualmente de advenedizos.

Las irrespirables relaciones humanas llegaron a tal punto de falta de entendimiento que una de aquellas mujeres, en la indigencia más absoluta, apareció muerta una mañana, se cree que asesinada por alguien que, ya se decía que se supone, vino a alquilar sus favores para a la postre pagarla de forma tan inhumana y radical.

Dos días más tarde, uno de los sobrinos se arrojaba desde el balcón de su casa a la calle donde le recogieron sin un hálito de vida. Testigo de tamaño desafuero, suicidio se pensó en un principio, uno de los primos que le visitaba y que asistió al instante de la desesperación y que le determinó arrojarse al vacío.

Más, los dos hechos tan circunscritos al lugar y a la deliberación que estaban manteniendo, hizo sospechar a la policía, para convertirse en evidencia cuando, el encargado del caso, tomando declaración a los testigos que contemplaron este último suceso, todos ellos coincidieron en decir haber asistido a lo que bien parecía una discusión entre los primos, sin que ninguno, esta es la verdad, se atreviera a afirmar que, del encuentro mantenido entre ellos, disputa al cabo, enfrentamiento sin duda, diera lugar a haberse caído por encima de la barandilla del balcón.

Por todo ello se llegó a la conclusión que tales muertes no habían sido llevadas a término por el destino cruel, que este había sido manipulado con anterioridad a la muerte del tío.

La justicia resolvió que todos ellos, en menor o mayor grado de implicación, estaban de hoz y coz, inmersos en tales crímenes, asimismo en el de la mujer muerta, sin duda por haberse hecho notar en defensa de sus intereses, junto con las otras cuatro mujeres, heredadas del viejo olvidado.

Y pues todos estaban involucrados en los dos execrables crímenes, todos ellos fueron condenados a vivir separados de la sociedad a la que habían mancillado, cada uno según la responsabilidad demostrada, en las cárceles de la nación.

El señor notario, cuando contaba los pormenores de tales ominosas actuaciones, afirmaba rotundo y sin duda alguna que le asaltara, que cuanto había ocurrido se debía a la venganza de aquel hombre solo, que dejado de la mano de Dios y de los hombres, no tuvo mejor ocurrencia que vengarse de sus familiares más directos al exponerles al peligro manifiesto de su avaricia, pecado que observo en sus parientes cercanos al constatar que era igualmente el suyo. El viejo, abandonado y rencoroso, les condujo hasta el borde del precipicio del que de antemano supo que no habrían de sortear. Esta fue su venganza, espita de su rencor

 

 

 

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