Tales palabras las pronunció beodo Benjamín, pero como le parecieron tan propias, sobrio las adoptó. Cuando alguien le dijo que aquella sentencia contravenía las palabras pronunciadas por el Sumo Hacedor, pues había asegurado que creaba al hombre a su imagen y semejanza, se apresuró a retractarse.

          Por encima de sus pensamientos, – se dijo apesadumbrado – estaba el Creador aunque con frecuencia, con demasiada frecuencia, en el cerebro le martilleaban las atrocidades cometidas por el hombre y se desesperaba al no comprender que el bien y el mal se cobijan por igual en el alma.

          Entonces, sin poderlo remediar, se hacía la pregunta siguiente: ¿O Dios en su omnipotencia había cometido un fallo espectacular al diseñar al hombre o a este le hizo en un momento incomprensible de debilidad?

 A continuación, dándose cuenta del ramplón pensamiento y llorando el no poder alcanzar la luz en tal espinoso asunto, miraba al cielo y pedía perdón.

         

 

                                                                              

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