Durante muchos años he escrito sobre el misterio de la soledad, el estar solo, no aislado; he intentado dar, a cada palabra redactada, el sentido exacto que pudiera con mayor aproximación definir el sentir. Casi puedo asegurar que he plasmado estas páginas cerrando los ojos e ignorando que fuera de ellos nada más existe y que en aquellos momentos pudiera ser de mi incumbencia, está claro.

La soledad viviente, es una licencia, pero también es algo así, como una ligerísima e invisible cortina al gusto de un sol que pudiera abrir el grifo de los rayos, ahora tronantes y jupiterinos, inmensos para atravesarla, ahora suaves como caricia de bebé.

Se está y se vive en soledad, se limita, se amplia y hasta se cuartea, cuando comienza a pesar como un calvario, que todo en la vida llega. La reconozco porque dentro de mí ha alcanzado a representar una vivencia tan perfecta, como autónoma del ser, si es que, como individuo no pudiera supeditar mis fuerzas a las que me impone la soledad para poder yo salir de ella cuando me haga falta.

Vivir la soledad es vivir palpando el meollo de las cosas, es sentir con las potencias infinitas de nuestra humanidad limitada. Es, sí, como el trabajo que mira superando orgulloso el ocaso en el que ha dejado de creer, allí donde nos esperan, allí donde nos aguardan para de una vez, abrir de par en par las puertas de la casa de quien nos metió en este mundo.

Es una realidad, contar el diario de la vida con las sensaciones que la soledad nos ofrece en todos los instantes de ella. Fui, vine, escuché, toqué y narrar como llegan hasta nosotros, hasta la misma alma perdida dentro del ser, aquellas múltiples sensaciones, contactos impensables, es como despellejar hechos y acciones después de despojarlas de la piel grosera, burda capa que las envuelve.

También hasta la soledad llegan las tristeza, en ellas igualmente me he sumergido de tal forma, hasta tal punto han influido en mi, que vuelto a leer lo escrito, he sentido como un miedo interior, al compararme con la magnificencia de las circunstancias donde me encontraba inmerso.

Las circunstancias, esas vicisitudes que me hacían salir derrotado en sus confrontaciones, eventos rendidos al no sopesar la carga que sobre mis hombros echaba, así hasta hacer crecer la estima, superar la soledad no querida Y alcanzar otra que hacía progresar mi espíritu hasta hacerme añorar la victoria.

La soledad es la luz en el desierto del silencio. Es también la luz que alumbra en el desierto de la soledad. Es decir, lo mismo y lo contrario. La soledad no es única, a todos nos sirve e iguala. Ampara y desampara. Irrita y canoniza, más a nadie deja indiferente, que al fin es música que puede tocarse con mil instrumentos distintos.

Nos ofrece la soledad cuanto de ella queremos alcanzar. Aristóteles decía al respecto que “quien se aparta de sus semejantes, o es un degenerado o un ser superior a la especie humana”. Hasta aquí Aristóteles, que encuentra en la soledad consciente el sentido de la vida plena.

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