No es fácil subir a la montaña. El sendero se pierde a veces, y hay trochas en las que se empina y pronuncia. Tales repechos, obligan al caminante a hacer contorsiones sin cuento, dejando a éste sin resuello cuando no exhausto. Por esta senda pina que les cuento asciendo “pian pianito” a la cumbre de la montaña. Aproximadamente, en su mitad, un risco amputado por un rayo hace las veces de balcón, un mirador hecho por la naturaleza en el que me entretuve en poner un asiento de piedra desde el cual mirar el infinito abierto sobre la orillas del río Tiétar. Allí, durante años, me sentaba para contemplar el valle y ver la torre de espadaña que se alzaba en la plaza del Reloj de Coscojal de los Desamparados.

El campanario en la distancia, huérfano de címbalo o esquila, era cual ojo de cíclope olvidado en las alturas, que miraba ciego al fondo de los hombres, así al menos lo aseguraba Justino Seisdedos, que había empezado a estudiar, en las hojas del Calendario Zaragozano, los preludios de la filosofía diaria, pues con asiduidad leía, además del tiempo por hacer, las reflexiones que en el almanaque se vertían.

Allí, el lugar donde debía colgar la campanilla, era abierto vacio por donde el viento del norte entraba soplando canciones cuando no quejidos, al rozar el aire las aristas de las piedras mancadas, gemidos lastimeros de la piedra rota. Tanto era así que cuando el cierzo soplaba violento, los niños, sin excepción, buscaban el regazo de sus madres para esconder el miedo que les producía aquellos ayes tristes y misteriosos.

El alcalde de Coscojal, don Jeremías de la Misericordia, en una reunión vespertina y rutinaria, propuso, ante el peligro que suponía el campanario medio destartalado, no se viniera un día abajo, desencajar los ladrillos aún en pie y abatirles de golpe para aventar el riesgo de una vez. Les dijo:

- Todos cuantos estamos aquí reunidos sabemos a ciencia cierta que su enhiesto orgullo, antiguo con algo más de doscientos años de su construcción,  supone un peligro serio que se puede hacer realidad en el momento menos pensado. Así tenemos el antecedente de doña Eufrasia que le cayó un ladrillo, cascote roto, sobre el hombro o la pechera y a día de hoy disfruta  de una indemnización que religiosamente pagamos desde entonces, al haberla dejado el golpe sin ganas de trabajar, que don Manuel, el médico, no advierte en ella impedimento alguno que la obligue al descanso. Cualquier aciaga hora, ya sea de día o de noche, invierno o primavera, un ventarrón del norte se lo lleva por delante y es capaz de producir una desgracia más seria.

Pero no hubo acuerdo. ¡Cómo iba a haber acuerdo si estaba presente Onofre, el alguacil sacristán, o al revés, que tanto monta, defensor de la naturaleza y sus diversidades animadas quien expresó su opinión negativa a destruir y con él la mayoría de los ediles! En este mismo lugar se recordó que, durante años, tantos que ninguno de los presentes pudiera recordar, ni que tuvieran memoria viva de ello, la torre de espadaña había albergado siempre tres nidos.

- Tres, sí señor, tres nidos de cigüeña, el uno en la misma cúspide y los dos restantes en los laterales u hombros de la escuálida torre, todo ello sin contar con los innumerables moradas de alcotanes, cernícalos, gavilanes y vencejos, por no extenderme a los tordos y a los gorriones que eran, en realidad, la variedad de pájaros que con más proliferación cobijaba la torre. Y que no era tiempo de desahuciar a nadie, menos a los pájaros inocentes. Y eso, señor presidente del municipio –añadió Onofre, que era redicho por sacristán y puntilloso por aguacil – sería ir en contra de nuestros principios de respeto a la vida, ya sea esta de persona, animal o cosa.

Desde el asiento que en el que hoy me acabo de instalar, en el risco plano que en la montaña ha hecho un rayo, podía ver, a través del ojo de la torre sin campanillo y en un acto de imaginación desbordada, a los niños jugar en la plaza. El cura, don Ezequiel de la Torrentera en aquella hora de la mañana daba asueto a la enseñanza religiosa y los pequeños, libres al cabo, se desbordaban en ríos de gritos. Los niños, cuando retozan inundan con sus risas el mundo. Yo, les oigo a aquella distancia y sueño jugar con ellos a la pídola sin que para ello tenga que moverme del asiento que me acabo de hacer. Las niñas, con más compostura, juegan al trúquele y a la comba y las más hablan entre ellas sobre las barbaridades que han oído decir al vecino macho de pupitre durante la clase.

- Los niños y las niñas se parecen cada vez más. Según los últimos estudios tan solo se diferencian en lo que se diferencian.

- Y en los juegos, Mire si no a través del ojo ofuscado de la torre –dije yo a mi interlocutor y acompañante, Práxedes Biencinto, que apenas si, in situ, veía o mejor recordaba los juegos en la plaza, si es que yo no se lo explicaba con detalle y antelación.

De todas formas, no he vuelto a traer a Práxedes hasta este rincón de la montaña. El motivo fue que Práxedes vino un día y nada menos que comparó, el hueco que dejaba la torre de espadaña huérfana de campana, con la huella que deja un diente de cocodrilo en la calavera de un muerto. Aunque Práxedes es mi amigo, no he vuelto a traerle. No admito sus comparaciones por odiosas y truculentas, además de distorsionar el alma. Es por ello que no ha podido ver como, a la caída de la tarde, entran los arreboles por el hueco en amarillos y rojos colores, produciendo sazón a la vista y deleites y sueños imposibles a la razón.

Los gorriones, a la caída de la tarde, esta que les hablo, se esconden entre los palos que forman el nido de las cigüeñas y revolotean y pían enfadados por no se sabe qué cosa. Otro tanto hacen los tordos aunque con menos discreción.

Cuando esto mismo se lo conté a Práxedes me miró muy serio y me dijo, sin alterar la voz:

- No olvides que el enfado de un gorrión, o el de un tordo, llevado al tamaño de un elefante, sería una revolución. Es por eso que todas las cosas en la vida están proporcionadas. Lo que se sale de la norma es anormal. ¡Y deja, coño, de buscar intríngulis donde no los hay! Deja de buscar tres pies al gorrión, ¡alma de cántaro!

Un día, no bajé a Coscojal, mi pueblo. Creí, porque vivía solo, que nadie, si no era mi amigo repetido, me iban a echar en falta en el pueblo. Me quedé dormido sobre la piedra y no me desperté hasta entrada la mañana, al sentir el frío de la piedra sobre la piel de mi espalda desnuda.

- De ser verdad lo que cuentas y ateniéndome a lo que el sacristán dice, tú no hubieras salido vivo de la experiencia. Los lobos, en aquella soledad, te hubieran comido y si no ellos, las otras alimañas que llenan los campos.

- ¡Ay Práxedes, como decirte que en estas montañas ya no hay lobos, si acaso alguna zorra despistada e inofensiva para la integridad física de los humanos. Que a estas alturas de la historia que estamos tan solo comen gallinas o sus huevos, cuando no lo que cría la tierra que de carnívoros van teniendo poco, que la necesidad les está convirtiendo en vegetarianos.

Al despertar y sentir hambre, también yo comí flores y raíces tiernas y hojas frescas, siempre con cuidado exquisito porque de su levedad depende la mala o buena digestión, de su poca consistencia depende en gran parte su sabor. La raíz blanca de un lirio, por el contrario a su color azul radiante, era amarga como la salmuera, me puso la boca de esparto, recia como alambre y tensa como la rabia. No obstante, me pasé el día sentado, comiendo tiernas flores, sus corolas amarillas y mirando a mi valle, más allá de mi pueblo, de mi rio y de mis campos floridos. A la noche, cansado, dormí estirado cuan largo soy sobre la piedra, sin sentir frío en la espalda, sin molestia alguna por la dura cama donde puse a reposar mis huesos envueltos en piel.

En la duermevela pude oír a los cárabos ulular, aposentados en las ramas de los pinos, a las lechuzas que cruzaban volando en pos de las viandas que la noche les sirve. Volaban asustadas de mi presencia, y así me lo hacían notar con destempladas onomatopeyas que venían a ser airadas protestas por verse invadidas en sus dominios. De no haberme producido repelús, cuando no espanto sus ojos fijos, redondos y amarillos, hubieran sido una agradable compañía.

- Los pájaros de la noche no se comen a nadie.

- El miedo, Práxedes, es una sensación extraña que solo se domina cuando se ha logrado estar al abrigo de aquello que nos produce la zozobra.

Vino el sueño mecido por el ronco ulular de los búhos y los cárabos y el viento traía, con el olor de hierbas y pinos, el ruido de los habitantes del bosque. Yo, entonces, recordando que mi padre, desde este mismo lugar, sobre la piedra primitiva que era pico a todos los vientos, cantaba tan recio y tan bien, que el pueblo entero se paraba para escucharle. Yo entonces, para imitarle y recordarle canté con voz de trueno, remedándole a él, debo decir que con escasa fortuna, pues según me contaron luego, tras la hilaridad que produjo, sin duda por el destemplado sonido, flauta o silbo sin agujeros que era mi voz por más que recio cantara, me echaron las culpas de todo cuanto luego sucedió.

Y  fue que, aquella noche, durante aquella noche, Práxedes Buencinto, que miraba, desde el mismo centro de la Plaza del Reloj, la torre de espadaña plantada sobre el viejo Ayuntamiento, para solaz de cigüeñas y pájaros de toda índole y condición, curioso de cuanto pensaba sobre lo que yo le conté sobre ella, recordándomelo, así al menos me dijo, mientras me oía vociferar, se cayó la torre como si de un puzle se tratara, que los ladrillos se desmoronaron, cayendo con estrépito primero en el tejadillo donde se asentaban y después en las aceras y plaza donde juegan los niños en la calle.

Al menos, y si bien cargue con las culpas de tal incidente, pues aseguran que los agudos chillidos resquebrajaron las postreras fuerzas de la torre en aquella altura plantada, la desgracia no se confabuló para producir daño a nadie. Una vez más la providencia, hecha voz de un desafortunado cantante, viento sin duda huracanado, nos libro de la desgracia.

Es por eso que, una vez que el pueblo entero hubo recapacitado, me nombraron hijo predilecto por haberles salvado, dijo el alcalde, don Jeremías de la Misericordia, “milagrosamente de una catástrofe que mal pudo suceder”.

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