Aquí, dentro de cada uno de los cuentos hay, cuanto menos una tragedia y por sus esquinas el lector podrá encontrar el final de una comedia, adornada sí, de ironía, todo ello por la confabulación que entrañan dos encuentros, mejor dos encontronazos, entre la realidad que se respira y el anhelo que deseamos.

Es por ello que, sin rechazar cuanto de variado existe en la vida de los humanos, sea el humor el que al final impere pues se trata de entretener y si se me permite, enseñar las mimbres en las que el hombre debe basarse para encontrar el principio de su felicidad.

Así lo hemos pretendido en cada cuento, en todos los puntos de la narración pues al cabo, nos permite sumergirnos en la imaginación desbordante, en los sueños que, aunque parezcan imposibles, suelen revertir en verdad cuando nos sorprenden en el camino de nuestra existencia.

Dice un personaje de Talismán, ciego él, refiriéndose a su madre: “ignoraba que la risa no puede mantenerse en la cara más allá de unos pocos segundos, mientras la amargura toma toma carta de naturaleza para esculpir nuestro rostro”. A ser posible, esta verdad bien podríamos mudarla para que sea la amargura la que empañe por un segundo nuestra cara y sea la risa la que se enseñoree en nuestros labios.

Más nunca que rías tanto que puedas morir de risa, como dicen que le pasó al adivino Calcas en el siglo XIII antes de Cristo o al poeta Pietro Aretino en el 1556.

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