Cuando leyeron la carta que Angustio Biendicho, investigador de la física trascendente, había escrito, carta que dejó sobre la mesa de su despacho, terminada de redactar, parece ser, pocos minutos antes de descerrajarse un tiro en la sien, nadie podía pensar que en ella, en unos pocos renglones, poco más de un folio, a modo de testamento, excusara su ausencia de este mundo, así como la rapidez de la despedida, alegando que, abstraído en el más allá, más que pensando en él, fue tanta la curiosidad que le invadió por conocerlo que no pudo esperar un minuto más, los pocos que le llevaron a cargar el revolver con el que se suicidó.

          En la carta manuscrita explicaba someramente que aquel hecho que iba a llevar a cabo, era consecuencia directa de la ansiedad que le asaltaba, del firme propósito de conocer lo que había más allá. La angustia, explicaba, le venía dada hacia algunos meses atrás, desde el mismo momento que descubrió que tenía una facultad llamada percepción ultra sensorial, responsable en definitiva de las prisas que le habían entrado para conocer el lugar de donde el hombre procedía y su Dios le había creado.

          Dijo el juez que levantaba el cadáver de Angustio, que de no haber leído la carta, en la que Biendicho daba cuenta de sus propósitos y aún así le quedaba la duda de que el muerto estuviera en su sano juicio cuando se atrevió a tan bárbara locura, que sugirió a la policía que le acompañaba, investigara el caso.

 

- No fuera a ser un asesinato, ese del que hablan y que aún no se ha llegado a producir y que llaman perfecto.

 

Sentenció también que:

 

- La curiosidad, en definitiva, mató al imprudente investigador.

 

Desde entonces, desde aquel hecho extraño e increíble, este juez, somos testigos directos de ello, reza todas las noches al Creador para alejar de sí toda malsana curiosidad.

 

                                                 

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