Andaba yo de la mano,
de mi prima Rosalía,
íbamos los dos juntos,
camino de la romería.

Cantaba ella canciones,
mientras tocaba las palmas,
yo embelesado rezaba,
oraciones con las que purgar mi alma.

Todo, por un mal pensamiento,
que terne y reincidente me embargaba,
de la mañana a la noche,
así como los fines de semana.

Del caso nada sabe Rosalía,
al menos que yo le hubiera contado,
por más que hacerse la tonta solía,
cuando confundir quería, el secreto de mi agrado.

Lista es como un lince,
pues te adivina la mente,
por más que tú disimules,
y trates de aparentar, estar ausente.

La llevé por andurriales,
donde se esconden las serpientes,
allí vi a los pájaros volar,
de pino en pino, de miedo y sin rechistar.

Quise yo insinuarla algo,
la tuna no me dejó,
me dijo que comprendiera,
el parentesco que nos unió.

¡Vamos!, que los dos salimos ilesos,
porque así lo quiso Dios,
la Virgen María Santísima,
por más que, con todas mis fuerzas, me opusiera yo.

 

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