Dos velas iluminan el oratorio,
alumbran el dolor que se respira,
mientras el sacerdote clama,
por el alma que allí yace,
envuelta en sudario de espinas.

Dijo adiós tan comedida,
que aun sabiéndolo,
nos sorprendió la despedida,
que nadie podía esperar,
tan amarga como se le hizo la vida.

La luz por la ventana,
furtiva entra en la capilla,
y en la pared se refleja,
un gorrión pequeño que canta,
bien parece que quisiera,
borrar la tristeza que invade,
a quienes incrédulos miran,
el ciego ataúd donde reposan,
los restos queridos en la pequeña estancia.

Dios lo quiso así,
porque nada sin su voluntad se crea,
lo mismo que no se destruye,
que de otra forma la espera,
sería infierno en vida,
cuando todos deseamos la gloria,
aquella que nos fue prometida.

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