¡ Se acuerdan ustedes de la fobia de don Castor Trijuénico de la Molienda a la letra impresa! Si, hombre, ¡por los clavos de Cristo! ¿Cómo que no? Aquel bamboche que confundía las letras de los libros con las patas apestosas de las moscas y mosquitos. Vamos, con diferencias sutiles cuando no mínimas sobre los actuales reales académicos de la lengua, RAE, que no sabiendo en que entretener sus ocios, se sacan de la manga futilidades y extrapecios. (Esta palabra no existe, pecios sin valor, pero por no desentonar la creo) Bueno, pues, si el problema era arduo, (para él claro está) no es menos éste que se me ha presentado a mi en los últimos tiempos.

He sacado a colación a don Castor, por no despedirme de repente de él, pues también a los personajes se les toma cariño y porque, el problema que les voy a relatar se parece al que tenía el ínclito, como un huevo a una castaña. ¡Qué digo! Total y absolutamente diametrales. El uno está bajo nuestros pies y el otro bajo los pies de los neozelandeses, es decir, en las antípodas.

Es el caso que, los vecinos de arriba se han comprado un perro con la estatura de un gato, blanco, con los ojos llorosos y tiernos que se te mete, sin querer, por entre las entretelas del alma. Dicen que es un caniche sin malicia y así debe de ser por su bondad y porque, la primera vez que lo conocí se puso, candoroso, a mearme la pernera del pantalón. Yo, lejos de enfadarme, por no conocer la lógica perruna, no solo le perdoné, también le di ligeros y cariñosos toques sobre la pelambre del cráneo.

¡Hasta aquí, todo bien, el matrimonio tiene sus cosas, quien esté libre de ellas que tire la primera piedra, lo malo son sus tres hijos en edad de merecer. El uno ronda, sin mayor sentido, la treintena; el tercero divide la razón por la mitad y el del medio está, como parece lógico suponer, en edad equidistante de sus hermanos, por mas que en el reparto del seso, tampoco éste se ha llevado mejor parte, sino con mucho la peor.

Los tres, al unísono y de aquí mi sentido recuerdo por don Castor, se han empeñado, los muy brutos, en enseñar al caniche el alfabeto. Con la de disgustos que les había supuesto a ellos sin mayor aprovechamiento. Y, así, muy de mañana, de tarde o de mediodía, que las horas eran lo de menos, cuando no era uno era otro, comenzaban con las lecciones del catón. O eso era lo que yo suponía.

Al principio, aquellos ladridos, sin los decibelios suficientes, pues aun no eran histéricos, ni coléricos, ni angustiosos, podría decirse que se encontraban dentro de la norma o al límite de lo tolerable. Los ruidos venían difuminados, por el espacio de casa a casa, y por la separación de los techos, sin duda a prueba de aquellos patanes de ciudad, que se las ingeniaban para producir más alboroto que el propio perro.
En las primeras lecciones, los oyentes, al menos yo, creíamos que el caniche solo aprendía la u, por ser ésta letra la que con mayor nitidez se distinguía: “uuuuu”. Poco a poco encontrábamos, por la variedad de sonidos, los indudables adelantos que iba haciendo el pobre chucho.

Como venía junio, mes de los exámenes, aunque estábamos en diciembre, las clases se intensificaban y ya los ladridos se escuchaban en medio de la noche, que el caniche, sin duda desvelado por la responsabilidad en la hora del conticinio, el tiempo donde la memoria graba mejor lo aprendido durante el día, hacía prácticas de las lecciones estudiadas. A estas alturas del curso, ya no eran sólo las vocales, bien podría decirse, mas por la intensidad del ladrido y por su duración, que se sabía el alfabeto entero.

Así fuimos aprendiendo, los vecinos, que tener un perro en casa próxima es disfrutar de insomnio y recordar todas aquellas sutiles palabrotas que aprendimos cuando arreglamos la puerta del armario, con el mismo martillo que sirvió para meter un clavo y para amolarnos el dedo gordo, este mismo que cada tiempo, sin saber muy bien porqué, cambia la uña negra por otra que comienza nítida y termina en turbia.

Cuando vinieron las quejas de los vecinos incordiados, éstos que no aguantan nada y mucho menos que les despierten en la noche, se descubrió que el caniche estaba sobrado de letras y falta de psicólogo. Vamos, que estaba el pobre para la silla del siquiatra. Porque los ladridos extemporáneos se producían por la angustia que sentía el chucho ante la responsabilidad de aprender y sus miedos, pánicos mejor, aquellos que despertaban a la Humanidad durante horas, eran producto de una reflexión madura nunca esperada en la especie canina.

Y pasó que, el tierno caniche, en manos de aquellos docentes, se convirtió en un monstruo al que los ojos, ante la sola presencia de uno de sus torturadores, se le inyectaban en sangre. También, una mañana, cuando el ladrido que había empezado a media noche se convirtió en un farfullo sin sentido, porque nadie podría adivinar la letra que ladraba, se lo llevaron al siquiatra. Y allí sigue, bendito él, fuera de las ocurrencias de sus educadores, a las que, para nuestra desgracia, sus convecinos no nos podemos sustraer.

El facultativo consultado pronto advirtió lo que arcano era para la comunidad de vecinos. El perro, alma cándida, si es que la tienen, era sometido a practicas aberrantes, de aquí que, el ulular fuera de desesperación antinatural, cuando el sexo se ponía en manos de desgalichados mentales.

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