Edelmiro Cualicuatri tiene una librería en un barrio apartado del centro de Madrid. Se accede a ella mediante unos cortos peldaños  desde la acera y así, el hipotético cliente se encuentra, de sopetón, dentro sin apenas haberse dado cuenta. Edel, para que nadie que pase cerca se pueda hurtar a la curiosidad, hace y deshace el escaparate, al menos tres veces por semana, cuando no más, pues experto y avezado, sabe muy bien el significado de tales puntuales cambios.

Allí, en aquel rincón, pone la muñeca de la abuela que es una cosa lánguida, pálida y bella, decimonónica y tan espacialmente hermosa, pintada de níveos polvos, suave pavesa que blanquean la piel de la cara, en la que resaltan los pómulos encarnados como foco de luces rojas, sobre sus vestidos brillantes, todos ellos negros, relucientes botones de fuego que parten la pasamanería que ennoblecen la núbil pechera de la muñeca. Cuida por tanto con minuciosidad el detalle y aviva la curiosidad del transeúnte, curiosidad necesaria para invitarle a entrar en su establecimiento de letras, oraciones y demás hilvanadas frases.

Cualicuatri, para llegar a tener una tienda de literatura ha tenido que trabajar muy duro, pasar las noches, muchas, pegándole, como decía él, al párpado y soñar, y soñar con los cientos de miles de clientes que enamorados de las páginas impresas le iban a comprar libros. Ya se sabe, decía, que sin los sueños, o lo que era igual, las ilusiones, poco es el hombre y a muy pocos metros puede pretender alzarse. Edelmiro era pues un soñador, casi al completo, por más que al tiempo no dejaba de ser práctico, con los pies que apenas los despegaba del suelo en cuanto de negocios se trataba, Por eso, a los sueños, unía una miríada de amigos que estaban dispuestos, desde el primer día que abriera la librería, a dejarle los anaqueles vacíos. Los amigos, más los conocidos, que eran también legión, porque Edel, otra cosa no tendría, pero don de gentes le sobraba, por lo que, aseguraba con total convicción, nunca le iban a dejar en la estacada.

Y así ocurrió, tal como lo había soñado el sueño se plasmó en la realidad. En la inauguración, de tantos futuros clientes como tomaban refrescos y ricos canapés de pan y queso y caviar pobre, no podían verse a los amigos. Aquella tarde noche fue inenarrable. ¡Tantos en tan poco espacio! Acaso por ello, cuando a la mañana siguiente, una vez aseado el local del cúmulo de desperdicios dejados por los futuros clientes, abrió al fin la puerta de su librería, aquella quimera de la ilusión, siempre amparado tras una sonrisa de felicidad, presto a emprender una veloz carrera de marchante en letras, de ninguna manera podía suponer a cuantos desencantos se disponía a enfrentarse, cuantas desilusiones a las que afrontar su ya delicado corazón.

A las diez de la noche, cuando a deshora cerró porque se le fue el hilo del mucho meditar y del infinito tiempo de estar solo, hizo apresurado resumen de la jornada, se encontró que por todo arqueo, exclusivamente había vendido un cuaderno de espiral, un sacapuntas de plástico y dos bellas tarjetas de Madrid. También le habían preguntado, tres veces, tres, por el precio de uno de los libros que se exhibía en el escaparate.

Pasados quince días, ¡cómo pasa el tiempo, Señor! Cuando solamente algún amigo perdido se había dejado caer por la recién inaugurada librería, acuciado siempre por las prisas, y que a ciencia cierta pueda recordar nítidamente si le había comprado al fin algo, de cuantos libros que con amoroso cuidado guardaba en los anaqueles, decidió tomarse un descanso y volver al mismo bar donde, antes de la aventura o evento narrado, solía encontrarse con aquellos amigos y conocidos a tomar alguna cerveza y algún que otro carajillo. Y fue allí, donde contando las cuitas que le ocurrían, donde pudo darse cuenta que las cosas no eran al modo de antes, a  aquellas que él siempre soñaba. Que los libros, aunque baratos, eran caros y que la literatura estaba por las nubes y las disposiciones de compra por los suelos.

 

- Edelmiro –le dijo uno de aquellos compadres reunidos- desengáñate, a los 10 ó 12 euros unidad de letra encuadernada no podrás vender una escoba. En este país todo lo basamos en la necesidad y sin tales adminículos podemos pasar divinamente.

 

Edelmiro, sin contestar, ¡para qué!, con la tremenda carga que supone la mayor de las desilusiones, pagó su ronda, 17 euros, unas cervezas y unas gambas con gabardina y volvió a su tienda, cabizbajo, con el corazón en un puño, a punto de estallarle en mil encontrados sentimientos. En el camino acertó a divisar un panel muy grande donde se anunciaba un edificio entero para la venta de libros. Edel se puso a llorar de alegría porque esta realidad venía a ser, desde el silencio, el grito muido que contestaba al compadre cicatero cuando él, por cansancio mortal que producen los sueños hueros, no se atrevió a responderle.

Levemente, mientras seguía andando, las lágrimas resbalaban por sus mejillas como la feraz lluvia que mansa cae a la tierra para, de golpe, como una revelación, mudar la dirección de los sueños y confesarse que los tiempos nuevos, que machaconamente se venían anunciando, estaban ya aquí. Era pues una realidad el cambio. Las nuevas tecnologías se imponían de tal forma, que condenaban al ostracismo a aquel que no supiera ponerse al día. De improvisó se encontró riendo, primero mansamente, tímido acaso, después a gritos, desaforadamente, como si la locura de la felicidad le hubiera invadido todos los poros del cuerpo, después de su repentino descubrimiento.

 

                                                                         

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