Porque arrancó la rosa con violencia, tronchándola, se pinchó en un dedo. La niña, al sentirse herida retrocedió, con tan infausta fortuna que se le enredaron los pies en la grama de la tierra haciéndola caer.

          La mano herida que puso en el suelo para mitigar el golpe rozó levemente a la víbora que entre la hojarasca y la humedad tomaba el sol o se escondía. Rosa, la joven muchacha, por segunda vez sintió su dedo herido.

          Al caer la tarde, los pétalos de la rosa estaban ajados y Rosa parecía reposar en su cama, muerta.

 

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