Un vientecillo burlón levanta los cuatro últimos pelos de la coronilla de Narciso Jacinto, cuando camino del concesionario de coches, va calle adelante.

– Narciso, cariño, ¿cómo te engalanas tanto para ir a la oficina?- le había preguntado su mujer minutos antes, viéndole como se emperifollaba delante del espejo del vestíbulo.
– ¡Ay, Bobita!. Acaso olvidas que hoy recogemos el coche nuevo – le respondió Narciso, sacando pecho, hecho todo él un clavel reventón.
– Pensaba, veo que sin motivo alguno, que iríamos la familia al completo. Los niños tenían gran ilusión y de mí puedo decir otro tanto.
– Quita, quita, ni que fuera nuestro primer coche. No, Bobita, yo lo recojo, vengo raudo y los cuatro juntos nos damos la vuelta del estreno.
– Si es así, me parece bien. Ve entonces, mi amor y que lo disfrutes, aunque deja algo para cuando estemos en familia – le dijo su mujer, Margarita, que Bobita era apelativo cariñoso dentro del matrimonio.

Narciso Jacinto avistó pronto el concesionario que iba a la carrera. Con tal emoción lo hizo que aún le molestaba el mundo cuando el mundo le pasaba rozando.

– Aquí tiene usted, don Narciso – le dijo el director satisfecho: todo llega en la vida, solo hay que saber esperar.

Ponerse al volante y volar, fue todo uno. “Era, – pensó Narciso – como haber descabalgado de un jamelgo y haber cogido un purasangre”. La prudencia se le olvidó, el ego se le ensanchó y todo él narciso, apretaba el acelerador de aquella máquina perfecta. Tantas fueron las emociones que se le pasaron por el ánima, tantas las que le rondaron la cabeza y tales los humos que albergó en ella que, cuando aquel inoportuno semáforo se le interpuso en su camino le maldijo despreciativo.

Aquel antipático artilugio que le hacía frenar cobró, repentinamente una importancia nunca hasta entonces presentida. Le había tolerado sin apenas darse cuenta como algo necesario cuando conducía el rocín viejo, ni siquiera había cuestionado su utilidad. Ahora, cuando desbocado llegaba al color rojo, se encabritaba de orgullo y poniéndole en duda le decía:

– ¡ Cómo a mí, estrafalaria chatarra, herrumbroso orín de colores puedes detenerme! ¿Acaso ignoras el noble material del que está hecho mi coche, frente a la humildad de tu vieja hojalata?

Narciso Jacinto, al percatarse de lo inapropiado del discurso, de la incoherencia de sus palabras, por quitar hierro al orate que acababa de descubrir y que llevaba dentro, se echo a reír con carcajada nerviosa diciéndose:

– ¡Joder!, Como nos dejamos influir por manifestaciones externas. Si me lo cuentan no me lo hubiera creído.

Con su mujer y sus dos hijos se comportó Jacinto en la forma acostumbrada. No aceleró ni hizo nada que antes no hubiera hecho. Sólo, cada dos o tres minutos preguntaba:

– ¡Qué!, ¿Os gusta?

Al ir y al venir del trabajo- hacía el trayecto cuatro veces al día – se encontraba con el inoportuno y hasta descarado semáforo. Estaba allí, enhiesto, a la vista de todos, dictando en tres colores, cuanto debía hacerse.

– Bueno, he de tranquilizarme – se confesó igualmente bajito, para no oír la recién descubierta paranoia interior que le dictaba tales soberbias manifestaciones. Al cabo – continuó – es frenar, a lo sumo cuatro veces, cuando tantas me obligan a realizar los continuos atascos de la gran ciudad.
Una tarde, cuando ya el sol se había metido en el horizonte y las primeras sombras de finales de otoño, dibujaban de oscuridad el día, Narciso Jacinto, que iba bólido en su coche, no paró ante el semáforo en rojo.

– Total, no había nadie.

Así un día y otro, se saltaba el disco con una satisfacción vesánica. Sin duda, con su acción, trataba de demostrar la inutilidad del artilugio al tiempo de mostrar la utilidad de su pragmatismo. Cuando coincidía, pocas veces, esa es la verdad, el disco rojo de prohibido con la casualidad del peatón cruzando, a Narciso Jacinto la gatera del estómago se le revolvía tanto y con tanta saña, que por igual maldecía al hombre y al semáforo.

– ¿Cómo era posible que aquel desgraciado sobre la suela de sus zapatos tuviera prioridad sobre él, que calzaba un coche tan potente como el suyo?

Fue primero un razonamiento especulativo del subconsciente que le causó alguna ironía. Siempre fue una fuerza incontrolada que le arredró consciente. Nunca llegaría a saber que su falta de carácter, dejándose dominar por el espejismo de la velocidad, le anularía la vida.
Amaneció radiante aquel 14 de noviembre, día de su cumpleaños. Iba a doblar – decía Narciso a quien quisiera oírle – el cabo de las tormentas de los 30 años. Un hito sin duda de plenitud en la existencia de todo mortal. La tarta, con sus velas encendidas, le esperaba radiante sobre la mesa. Pero antes, tres kilómetros antes, se le interponía aquel semáforo estúpido. Aquel enhiesto mecanismo de colores simples y de simples y deslavazadas ordenes. El día de su treinta cumpleaños hubiera sido espléndido de no haber sido por aquel imprudente peatón, soñador del cansancio, que de forma fatigosa se le ocurrió en tal mala hora cruzar.
El bólido de Narciso Jacinto fue tan extraordinario que apenas si dejaba notar que había tenido un accidente. El semáforo en tierra, pobre hojalata abollada, yacía como muerto, que no le latían los colores; el peatón asustado miraba estupefacto y Narciso, despanzurrado en el suelo, que tuvo la mala fortuna de salirse del habitáculo indeformable de su automóvil. Eran los únicos, patéticos indicios que descubrían la tragedia

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