Trotando iba la niña,
cuando yo la conocí,
la dije bajito al paso:
“ten cuidado que desbordas,
aquello muy apreciado,
con transparente vestido tan escaso”.

Bueno, pues se enfadó,
por el mero hecho de hablarle del pretil,
y advertirle con puro candor,
que aquellos sus rebosamientos,
amenazaban a su delicado y sutil pensil.

Y hablando de tales jardines,
donde me metía yo,
allí donde terne anclé la mirada,
confundida con las manos se tapó la cara,
advirtiéndome de esta manera,
que apenas si algo o nada entendió.

Solo el tiempo la hizo comprender,
cuanto tierno le explicara,
y lejos muy estuvo de ruborizarse,
como cándido espere que lo tomara,
entonces fue cuando me dijo con sonrisa a medio hasta,
que para a una mujer convencer,
más claro y directo debía ser,
si era mi propósito averiguar de donde manaba el sol.

A la vista de lo dicho,
y sabiendo que razón tenía,
lejos de disgustarme entendí la culpa mía,
y es por eso que recto,
cuando me dirijo a una piba,
le hablo de forma tan angelical,
que para evitar errores
y sepa desde el principio la intención,
que a cabo llevo sin más,
es fijarme en sus dorados,
ya sean los ojos en la cara,
o a la altura, poco más,
de la cintura arriba,
allí donde acaba el escote,
y da comienzo la vida.

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