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PostHeaderIcon DOÑA SOLEDAD Y EL AMOR

Doña Soledad Cienfuegos, por primera en su vida, se ha enamorado. Nada de extraño tiene la noticia, todo el mundo se enamora, al menos una vez en el curso de la existencia. Y el que así no lo hace, peor para él.

Lo extraño de tal situación viene dada por la edad de la enamorada. Doña Soledad, el próximo mes de noviembre, va a cumplir setenta y seis años.

-Bonita edad, no cree usted don Nicéforo para emprender una relación –dijo Eudoxio con manifiesta ironía.
-Bonita, sí, -le contestó el interpelado- y también envidiable. No olvide usted que el amor, a cualquier edad, conlleva juventud y de esta, es la vida.

Desde el día que doña Soledad se sintió tan profundamente enamorada, cuando estaba en el borde del precipicio, allí donde las esperanzas sucumben, recobró la energía. Y fue entonces cuando, llena de esa vitalidad, comenzó amargamente a quejarse de los muchos años frustrados, del tiempo perdido sin conocer el amor.

A todos cuantos curiosos preguntaron, pues extrañados del súbito cambio se acercaban a ella inquiriendo pormenores, les respondía con la felicidad que emanaba de su persona. Estos, admirados de la fuerza que doña Soledad ponía en su relación amorosa, hablaban de un milagro. Que maravilla es contemplar a una mujer, en el tiempo en el que el amor se olvida, para dejar paso a otros sentimientos más acordes con la edad, descubrir dentro de su corazón, la juventud postrera embargada de amor.

-Pues don Nicéforo, usted dirá lo que quiera, pero yo no he visto a la buena señora del brazo de su novio.
-Don Eudoxio, hermoso cafre, ¿acaso es el amor una pancarta portada por un energúmeno que advierta a los demás de nuestras satisfactorias situaciones?

- Yo por mi Felisa, créame, no diré eso tan manido que ahora, en tiempos de molicie intelectual, gritan los “juansintierra”, que por ella mato. Pero no me ponga usted en tan extrema situación.

Don Nicéforo y don Eudoxio, pese a sus dispares pareceres, miraban a doña Soledad con una simpatía recién despertada, tras su anuncio de su inesperado como oportuno enamoramiento..
Pasaron los años y la buena señora, hasta entonces retraída y muy lejos de las gentes, aún de sus vecinos, mudó tanto enteramente su carácter así como su comportamiento. La risa era su saludo, la rosa en el pecho su gracia, la gracia era un don regalado y en todos los momentos la alegría era su tarjeta de visita.

Sobre el enamorado fiel, del que hablaba sin parar, concediéndole todas y cada una de las virtudes que en la tierra se podrían encontrar, que un hombre al fin puede tener, un buen día, cuando ya habían pasado ocho años del levantamiento del secreto, a doña Soledad se le escaparon palabras incomprensibles para los oyentes. Dijo:

-Cuando me creo enamorada hasta el último de los sentimientos de mi alma, paso al siguiente y experimento sensaciones iguales que me producen idéntico placer junto a otras nuevas. Así me viene ocurriendo con cada cambio. Hoy pienso que éste es el culmen, el pináculo de lo esperado y el siguiente me eleva hasta la misma plataforma de la gloria.

Los rostros de los escuchantes, sin excepción, se ensombrecieron hasta hacerles pensar que una ruin nube les había borrado a ellos el cielo. La misma oscuridad se opuso a sus ojos, para hacer invisible a la heroína, que hasta entonces había sido doña Soledad. La virtud perdida. El logro mayor alcanzado cayó con la fuerza de un peso muerto desde los corazones de quienes la escuchaban.
Advirtió de inmediato la mujer el cambio y no supo, sin embargo, que decir, tampoco la dieron tiempo de explicar aquel absurdo en el que se había convertido su vida, huyeron como bandada de pájaros asustados por la presencia del cazador. Sólo resplandecía la mentira, la gran mentira en labios de la misma protagonista, -decían- mientras no dejaban de abjurar de aquella quimera astuta, de la mujer a la que todo un pueblo había rendido su admiración.

Por eso, don Nicéforo y don Eudoxio, que no habían asistido al deplorable evento, incrédulos los dos de cuanto oían y viendo que doña Soledad de nuevo se refugiaba en el fondo de su nombre, convinieron en llegar hasta su casa y preguntarla.

Así lo hicieron. Juntos llegaron hasta la puerta, quitándose materialmente el uno al otro la palabra, intentando explicar a la mujer el repudio causado por sus palabras al haber mantenido amores tantos, que el mismo don Juan Tenorio hubiera producido envidia.

Doña Soledad, adusta en el semblante, relajó este al comprender, al fin, el mal entendido y así, volvió a saltar de su boca la risa y sus labios se abrieron radiantes y sus ojos se llenaron de vida. Chispearon cuando, venciendo la confusión aclaró los hechos.

-Queridos Eudoxio y Nicéforo –les dijo- amigos míos, al cabo entiendo vuestro enfado y el de todas las demás buenas gentes. Todo se debe a una imprecisa explicación por mi parte, pues desde el mismo principio debí de ilustrar mejor cuanto me pasaba. Todo es, sí, culpa mía, pues cuando hablé de mis enamorados, exentos de pecado, olvidé describir que hacía referencia no a un hombre, no a mil hombres, sí a mil libros. Aquí radica el mal entendido, mi absurda explicación cuando yo creí que bastaba mi edad para saber que el mundo entero entendería que no era la carne la atracción terrenal de la que hablé. Los libros, amigos, a los que nunca hice caso y del pecado de su olvido del que tanto me he arrepentido. Ellos, arrinconados durante la mayor parte de mi vida, sin embargo, no han tenido el menor atisbo de prejuicio para, al final de ella, concederme el placer de su lectura.

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