QUIEN NO SUPO REPARAR EN EL PRESENTE. Así lo hizo Potorrín Zancajo, se fue con viento fresco y tardó en regresar la friolera de 37 años. Durante ellos, contaría de vuelta en el tugurio Flor de las Acacias, un montón de historias inverosímiles, tanto de dichas como de desgracias que le habían acaecido por esos mundos de Dios, que Pitorrín, nunca, al menos hasta el presente, había sabido distinguir las unas de las otras.

Tantos años no pasan en un sueño, por más que mirándoles desde una cierta altura y distancia, apenas si llegan a extenderse más allá de cerrar y abrir los ojos un puñado de veces. Al menos así lo asegura Pascualón, el hombre más viejo del lugar, que va ha cumplir 105 años el próximo febrero.

De lo que se extrañaba el bueno de Zancajo era que, ni un solo día, de los pasados allende de Coscojal de los Desamparados, había dejado de pensar en su pueblo y en sus gentes.

La distancia, contra lo que pensara, clarificaba los recuerdos y los hacia gratos, cuando in situ, no los había conceptuado de tal manera. La añoranza era un sentimiento ignorado, nuevo hasta ahora, que le convulsionaba el alma y le hacia aflorar a los ojos lágrimas como puños de grandes.

Se preguntaba el porqué de haber salido por la puerta trasera de Coscojal, cuando era un hecho que, con su dictante conducta, él, y nadie más que él, había sido el directo responsable de la indiferencia que le guardaba su pueblo.

Por todo lo cual se apresuró a regresar, más no queriendo que la vuelta significara, lo poco que fue la ida, sin nada dentro de los bolsillos, que los tenía pelados, esperó tantos años para así volver hecho un nabab.
Lo hizo, sí, ufano de cara al respetable, que en verdad la tristeza le invadía por igual el cuerpo y el alma, pues le inquietaba la forma que pudieran tener sus paisanos al recibirle.

La indiferencia fue primero, por más que simpático y dicharachero se mostrara en La Flor de las Acacias florecidas, preguntando por todos y cada uno de los recordados y aún de los ausentes definitivos, con los que se mostró apesadumbrado, alegrándose con la fortuna de aquellos que todavía seguían en el reino de los vivos.

Así siguió la ristra de nombres nombrados hasta que por ella preguntó, por quien fue la causa definitiva e inmediata de su marcha. Por aquella Clavellina en flor, bella como el amanecer de la esperanza, que tan solo hizo mirarle de reojo, cuando todo, todo, lo hubiera dado por ella.

Clavellina no supo esperar y dejó éste mundo con siete hijos en su faz y un marido nunca deseado y siempre ausente, pues fue hombre de quincalla y desaforadas costumbres de titiritero.

Zancajo y Clavellina, Potorrín y Bienpon, nombres y apellidos mezclados, distantes, como indiferentes, cuando a este mundo habían venido juntos, predestinados, él arriba de la calle, ella debajo de la era, que no supieron encontrarse, invadidos por la misma timidez que les separó para siempre, de la poquedad pusilánime de dos almas gemelas volando entre las ramas del mismo árbol, sin nunca divisar el nido que para ellos les había construido la naturaleza caprichosa.

Cuando Zancajo, ahora, 37 años después, supo de los nombres que Clavellina puso a sus hijos, se recluyó en la casa que acababa de comprar, aledaña a la de ella, y allí, entre suspiros y lágrimas se arrepintió de su marcha y de cuan equivocado estuvo al no ser capaz de preguntar a tiempo, por los verdaderos sentimientos que albergaron el corazón de Clavellina Bienpon, la bella enamorada.

Los nombres que recitó, mientras arrodillado pensaba en su amor, en aquel bello sentimiento que por desidia y cortedad no supo exponer, respondían en su primera letra, al apellido de Potorrín. Eran estos: “Zacarías, Antonino, Narciso, Carlos, Andrés, Juan y Onésimo”.

Related Posts with Thumbnails