Apenas si escribir sabia,

paparruchas y desconsuelos,

cuando cantó lo divino,

tras inspirarse en el cielo.

 

Así lo afirmó muy serio,

ante un público admirado,

el cantante que aplaudía,

para agradecer el halago.

 

Pronto llovieron canciones,

y con ellas, los regalos,

que el mundo, a sus pies rendía,

como si el cantante fuera,

el mismo Gabriel alado.

 

Mas lejos de abandonar,

la humildad que le es grata,

los trinos que tan bien compone,

el mismo, por su pié volvió,

al lugar donde nació.

 

Fue tanta su fama y gloria,

su trascendencia en la vida,

que resulta sorprendente,

que nadie se acuerde ahora,

del día que se despidió.

 

Por eso y no otra causa,

olvidó decir Felisa,

como conoció a Manuel,

cuando huyendo del barullo,

se encontraron en el Edén.

 

Aquí los tengo, en mi casa,

olvidados para siempre,

lejos de la vanidad,

más tan cerca el uno del otro,

que envidia producen,

cuando enamorados esparcen,

a dúo, sus canciones juntos.

 

 

                       

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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