En el crítico instante en el que Fulgencio miró en los ojos de Francine, supo que había encontrado el amor. Aquella entelequia puesta en duda tantas veces se había convertido, al fin, en realidad. El prodigio del que solo algunos hablaban, se produjo en la vida de, Fulgencio García de la Reguerilla.

 

- ¿Fue un flechazo, claro?

 

Y el hombre feliz sonrió y negando la pregunta pues no sabia como contestarla, dijo que había sido al tiempo, los ojos que a él le miraban y la sonrisa con la que era recibido.

 

- Si eso es amor, si eso se corresponde con un flechazo –respondió el hombre feliz sin dejar de sonreír – he sido el blanco perfecto de las flechas disparadas por el dios Cupido.

 

Fulgencio y Francine, desde aquel momento, no se separaron nunca más. Cumplidas los deberes a los que estaban obligados se buscaban y se recibían con la misma alegría del primer encuentro.

 

- ¿Eres un hombre feliz? – le preguntó ella.

 

Y Fulgencio respondió:

 

- Como nunca lo he sido en la vida.

- Quería saber –insistió Francine- si constantemente como ahora te sonrió la felicidad. Verte tan contento me hace pensar que fue siempre así.

- Te equivocas, nunca hasta el momento que tus labios y tus ojos me sonrieron había conocido la felicidad.

- Me compunges, pues te miro y te veo con el ánimo de un chiquillo sosteniendo en sus manos el más apreciado de sus juguetes.

 

Aquella noche, saltándose todas las normas habidas en aquella residencia de ancianos, Fulgencio durmió feliz al lado de Francine. Acaso por eso, cuando en la mañana les encontraron juntos, unidos por el vínculo imperfecto de la muerte, sus caras sonreían como si sus ojos abiertos, divisaran lo que había más allá, como si en verdad cada uno de ellos hubieran encontrado su alma gemela camino de la eternidad.

Al doctor que separó sus manos, mientras fuertemente guiñaba los ojos a fin de quitarse las lágrimas que pugnaban por seguir brotando, como si en verdad se estuviera quitando tímido una imperceptible mota, se le oyó decir algo parecido a esto:

 

- Al fin acertó Cupido, sólo se equivocó el tiempo.

 

                                            

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