Cuanto puedo contar de lo ocurrido, aún pasado el tiempo y reflexionado sobre él, a buen seguro parecerá una mentira, una farsa, y de no profundizar en el tema o de él hacerle algo baladí, estaremos ante una irrealidad y un despropósito. Acaso, y muy posiblemente, también lo he pensado, sea una locura a las cotas donde lo he llevado, una desviación enfermiza del cerebro que invita ladino a saltarse la lógica y las normas y elucubra hasta confundirnos para hacer de la realidad ficción y al revés. Al menos así entiendo el desdoblamiento del yo cuando sin salir de mí, encuentro el fantasma del otro yo que me escribe astuto en las paredes de mi propio cerebro.

Tiempo pasado, años ya, como diría el poeta, por falta de él, del tiempo, por sobra de stress, empecé a comer compulsivamente. Quería ser imprescindible, estar allí donde se me esperara y hasta si hubiera sido posible, disponer del preciado don de la ubicuidad para estar al tiempo en varios lugares a la vez. Nada en mi organismo me advertía, empero y al menos de forma patente, de ningún cambio experimentado en él que pudiera ser peligrosa la tensión del trabajo a la que estaba sometido.

Después de la falta de tiempo por exceso de ocupaciones, ya he dicho que durante años, sucedió la opción contraria, sobra de él, del tiempo. Mas ocurrió, si no igual, si cosa muy parecida, aunque para mi infortunio elevado a una potencia mayor. Había que rellenar las horas que ahora tenía libres y para ello y sin mucho meditarlo, seguía comiendo a mis horas y visitando la nevera en mis ratos libres. Todos.
Aquella imperceptible barriguita, llamada en mi caso falsamente cervecera, puesto que soy abstemio, comenzó a sobresalir del cinturón. Primero de forma imperceptible, después con personalidad suficiente para poder tocar en ella, con las palmas y dedos de las manos, los ritmos musicales del momento o aquellos de moda.

La sobra o el exceso se convirtieron, en meses contados, en una barriga seria y con ella ensanché los hombros y las mismas junturas de la piel se estiraron hasta hacerme pensar que, algún día, ante mi sorpresa y presencia, podrían estallar. Al tiempo se me cayeron los pechos enhiestos y lo que era peor, comenzaron a dolerme las piernas, fundamentalmente las rodillas y los tobillos, con sonidos singulares de huesos que resbalaran los unos sobre los otros. Todo, no se si equivocado o no, lo achaqué a que sobre tales articulaciones descansaba mi desbordante humanidad.

Ya, en la calle, lo narro como cosa curiosa, a la vista de la gente que desconocían mi nombre, siendo para ellos el calvo, -por demás está decir que sobre mí cabeza no brilla un pelo- deja de ser la masa pilosa el indicador con el que me señala la fiscalización ajena, determinante sin duda, para mudar y convertirme en esta otra faceta, la de el gordo que, por si sólo, ocupa más de la mitad de la acera, cuando no toda ella.
Aún así, descubriéndome yo la obesidad sin subterfugio alguno –muchos gordos ignoran el detalle- me decía que no era para tanto, que aún era dueño de algunos de mis movimientos, aunque debo confesar que comenzaban a costarme un poquito más de la cuenta. De todas formas, la mentira lenitiva suavizaba la realidad palpable, nunca mejor dicho.

Dentro de mi casa, a buen seguro que por tal circunstancia, se me hizo el vacío más absoluto. Quiero decir que me guardaban, o ponían a mejor recaudo, aquellas delicateses capaces de tentar al más de los conspicuos varones aquejado de tales debilidades. Se defendían diciéndome que lo hacían por mi bien, mientras se palpaban sus delicadas y casi inexistentes panzas, consiguiendo que, a la par que sus actitudes me sentaban tan rematadamente mal, me producían sus palabras un hambre canina, si es que cabe, en la voracidad feroz demostrada, la comparación perruna.

Todo se sucedió tan mal como lo cuento, así hasta que, una tarde noche, sentado yo en mi sillón preferido, mientras miraba la televisión y comía unos panchitos aderezados con algunas onzas de chocolate almendrado, como tente en pié, mientras venía la cena, al acabárseme estos, pensé ir de nuevo a rebuscar por la cocina, por si la suerte me acompañaba una vez más.

Así me lo dije serio con el último de los panchitos ingerido que, por una vez, ya estaba bien de comer, que había que hacer una pausa, que sería más conveniente ponerse a dieta, mientras llegaba la hora de la cena que ya digo estaba al caer. Creía tener vencido el impulso cuando, una voz dentro me advirtió de la necesidad imperiosa de continuar. Y fue decir esto y saltar mi segundo yo para elevarse sobre mi consciente y sobre el sillón para imperiosamente ordenarme que me levantara, que acababa de acordarse donde estaba guardado-escondido el tarro de la mermelada, junto a otro de miel purísima, que cualquiera de los dos me serviría para echar, sobre una rebanada de pan, una ligera capa de tales dulces.

Tengo que decir que la irrupción me llenó de extrañeza, tanta que llegué a sentir miedo por su imperiosidad. Yo, me dije no sin temor, ya no estoy solo, tenía un jefe que me ordenaba, por encima mismo de mis conveniencias. Y yo, entonces, impelido sin duda por un ignorado como adormecido orgullo, también fue fulminante. Nadie, me dije, a las alturas que nos encontramos de la vida, me va a mandar algo que pueda ir contra mi voluntad, contra mi bienestar o contra mi salud en definitiva.
Entonces, levantándome yo, todo lo rápido que pude, del sillón mullido repetí rotundo, categórico, dirigiéndome a no sabia muy bien quien, a ese fantasma surgido de la noche donde a buen seguro se encierra el alma con su multitud de secretos, arcanos impenetrables, con un aullido de rabia, con una explosión de rebeldía, grité mi negación definitiva:

– ¡No!

La rotundidad expresada no fue óbice para que, quien pretendía suplantarme, no lo intentara una y otra vez. Tantas, que en ocasiones me vi flaquear, sin fuerza y sin nervio, que era atraído por el mal con la insistencia que supongo son las tentaciones que tuvieron que soportar los santos antiguos ante las invitaciones del pecado. Aquel fantasma viviendo a mi lado era la representación de Lucifer, del más cruel de los demonios del averno, mostrándome las excelencias donde estaban depositados mis deseos, los apetitosos frutos donde radicaban los yerros donde, tarde o temprano, habría de caer.

Me dije miles de veces, que aquella voz muda, aquel fantasma en lucha contra mí verdadero yo, nunca, podría conmigo. Tal fue el empeño, la rotundidad de mi voluntad, que vencido una vez tras otra, al fin desapareció, sin que hasta el momento, haya dejado otro rastro que el miedo tangible que supuso para mi integridad física primero y moral después, tenerle tan cerca, dentro de mi.

Y hoy, algunos meses después, tras ponerme a régimen, hacer ejercicio y no tumbarme a la bartola día y noche, pueden verme ahora, he vuelto a donde solía, a mi juventud perdida. Los menudillos que me acompañan dentro, están transformando a la figura de fuera. He vuelto, si no a la juventud mencionada, que los años nunca pasan en balde, si a la apariencia que corresponde a mi edad.

A buen seguro que todo, me digo, ocurrió como consecuencia del miedo advertido al verme duplicado –lo que en kilos no dejaba de ser verdad- y aún lo que era peor, estaba creando un monstruo capaz de ordenarme los deseos que le eran a él propios, sin considerar para nada que era lo más conveniente para mi.

Hoy, por fin, he recobrado parte del aspecto perdido. Al menos, ya no toco “Para Elisa” de Beethoven con las palmas de mis manos sobre la panza exuberante, ésta ha desaparecido y ya los pantalones han vuelto a su caída natural, lo que viene a decir, bien a las claras que he recobrado, al fin, el plácido mundo de la complacencia física.

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